domingo, 26 de diciembre de 2010

Las Aventuras de Gottfried Rinkley. Último Capítulo.

Último Capítulo: La Muerte de Gottfried Rinkley.

Gottfried Rinkley desapareció en aguas del Océano Atlántico tras naufragar el buque Don Pelayo en el que había embarcado en Algeciras rumbo a la Argentina. Se le dio por muerto tras una semana de infructuosa búsqueda por parte de dos fragatas de la Real Armada Albiceleste (la Pitusa y la Irreconciliable). Fue el único desaparecido de tan trágico suceso. El resto de tripulantes y pasajeros salvaron sus vidas gracias a que Gottfried Rinkley inventó, mientras se hundía el Don Pelayo, el flotador salvavidas.

Así lo atestigua el diario de a bordo del capitán Enrique Heredia Vallejo del que se conservan estos pocos párrafos:

"... una idea que le vino tras observar los baños de asiento que sobre su cojín de caucho tomaba, para aliviar el dolor de sus hemorroides, el duque de San Miguel de Tucumán. Consciente de que el barco se hundía irremediablemente y sabedor de la ausencia de botes salvavidas por recortes presupuestarios impuestos por nuestro armador, el señor Gottfried Rinkley llegó a la acertada conclusión de que tendríamos más posibilidades de sobrevivir y ser rescatados cuanto más tiempo permanecieramos con nuestra cabeza sobre el agua y cuanto menos esfuerzo físico empleáramos para conseguirlo. Consultó al duque sobre el número de cojines hemorroidales de los que disponía. Hacían un total de 60, uno por cada jornada de travesía. La tripulación más los pasajeros sumábamos un total de 61 almas y echamos a suertes quién se quedaría sin uno de los preciados "flotadores salvavidas", nombre propuesto por el señor Rinkley para este invento suyo. La fortuna hizo que fuera el propio Rinkley el único que quedara sin flotador, por lo que siempre será recordado como un héroe. Cualquiera envidiaría su destino, sin embargo no puedo evitar sentir una cierta pesadumbre mientras me mantengo sentado sobre mi flotador y escribo estas líneas a la espera de ser rescatado. En la lejanía todavía puedo ver a Gottfried Rinkley encaramado en lo alto del palo mayor mientras medio buque está ya bajo las aguas. Parece sereno y luce una hermosa peluca de piel de nutria, una elección acertada, sin duda. Hasta mis oídos llegan las notas de una canción que brota de sus labios. Me estremezco al escucharla y me hace pensar sobre la naturaleza de ese hombre tan formidable al que apenas traté en un par de ocasiones durante el viaje."

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"¡Esto es una injusticia!, nos ha gritado el duque de San Miguel de Tucumán mientras le entregábamos a los tiburones como pago de la tregua prometida por los escualos. Ciertamente nos apena su terrible final devorado por estas bestias del mar pero no me agrada la idea de perder otro pie. Disfrutamos ahora de 12 horas más hasta que vuelvan a por otro de nosotros. Dios quiera que nos rescaten antes de que transcurra ese intervalo de tiempo."

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"Han pasado 6 horas desde que comenzó la tregua escuala y ya no puedo ver al señor Rinkley en el horizonte, pero sigo escuchando la misma melancólica canción que repite una y otra vez y que uno de los pasajeros ha identificado como una canción popular de Presbistoffen. Parece ser que es una canción de cuna que las madres de aquella zona cantan a sus hijitos para dormirlos. Es tan dulce y melodiosa que ha provocado que todas las damas estén llorando desde hace varias horas. Varias de ellas han manifestado su firme decisión de poner el nombre de "Gottfried" a su próximo hijo varón."
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"Sólo queda 1 hora para que concluya la tregua prometida. Transcurrido ese tiempo tendremos que entregar a otro tripulante o pasajero al emisario de los tiburones argentinos. Ya no se escucha el canto del señor Rinkley. Tengo en mi poder su peluca de piel de nutria que ha llegado flotando hasta nuestro grupo. Todos estamos tan afligidos que espontáneamente hemos seguido cantando la melodía de su infancia que ahora sabemos que era la que le cantaba su madre para dormirle. Así nos lo ha contado el fogonero quien asegura saberlo por boca del propio Gottfried Rinkley".

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Quince minutos antes de expirar el tiempo concedido por los tiburones, todos los naúfragos del Don Pelayo fueron rescatados. Entre los afortunados supervivientes se encontraba el compositor chileno Alberto Manuel Castro de Alba quien, en homenaje a su salvador, compuso una de las más importantes óperas de todos los tiempos: El Naufragio del Don Pelayo. A continuación, el aria de la escena final del Acto III en la que un moribundo Gottfried Rinkley, flotando sobre las olas y mecido por su vaivén, parace escuchar las palabras de su madre acunándole y acariciando su calva cabeza mientras le remienda su peluca de cebolla. Elvira Rinkley canta en sus sueños una nana, ("la canción de Presbistoffen"), por el eterno descanso de Gottfried Rinkley, el inventor del siglo XX:

11 comentarios:

MonSeñor Gusano dijo...

Una muerte a la altuta de su singular vida. Excelente relado.
Un abrazo a la familia de gottfrieg.

Dr. Quatermass dijo...

Imprescindible saga overall. Ha hecho usted noble de nuevo el folletín por entregas. Deberías plantearte darle una pulidita a todas las entregas juntas y publicarlo en algún sitio. ¿Sabes que cualquiera puede publicar un libro en Amazon?.

Un abrazo y felices fiestas

MrMierdas dijo...

Joder, que triste final... esto no puede acabar así!

MonSeñor Gusano dijo...

Jajajaja, el martes, el epilogo?

G. K. Dexter dijo...

Y digo yo, ¿no existiría la posibilidad, folletinesca como ninguna, de un nuevo capítulo bajo el título "De cómo Rinkley escapó de una muerte segura merced a otro de sus inventos"?

Es que a uno le empieza a entrar "mono".

Un saludo cinéfilo.

P.D.: prodigioso broche musical.

Lughnasad dijo...

La verdad, ayer comencé a leer el último episodio y nada más leer la primera frase, tuve que dejarlo. Menudo mazazo a lo Stephen King.
Hoy repuesto del sinsabor de la muerte cierta de Mr. Rinkley, he acabado el relato.
Gracias Mr. Lombreeze por redescubrirnos al auténtico inventor del siglo XX, a un visionario, a un revolucionario. Si algún día tengo un hijo, cosa dudosa a estas alturas, no dude usted que le pondré el heroico nombre de Gottfried.

David dijo...

Qué final tan bonito. Ay qué adverso fue el destino con Gottfried... y que música tan cojonuda para terminar.

Mr. Lombreeze dijo...

Hombre, si el público lo demanda.., Gottfried puede resucitar.., quién sabe.., a fin de cuentas "desapareció" en el mar... Es lo que tienen los finales abiertos.

La canción de Richard Strauss es la mejor canción de la Historia de la Música y tendrá su propio post, of course.

Insanus dijo...

Aviso que la música de la entrada de Asfalto le pega muy bien a esta entrega de Rinkley. Pincho el aria ahora mientras sigo comentando. Ya.

¡Hombre! Los primeros minutos los conocía, jajjaj. Los usó Badalamenti en Corazón salvaje.

Me ha encantado, tanto como Pockollock, aunque tuve más carcajadas con El salitre por lo inesperado, por el factor novedad y la sorpresa.

Queremos más, Mr, desde luego. Ya sea Rinkley o un nuevo prócer de la Historia.

Y sí, deberías darle un repaso y publicarlo, en Bubok y Lulu, por ej, es un comienzo. Luego hay un montón de webs de descargas de ebooks donde puede uno mover su obra, colándola en el foro de descargas de la web.

Mr. Lombreeze dijo...

Eres un gran cinéfilo Insanus. Efectivamente, ese música suena en los créditos inciciales de tu querido engendro Lynchiano.
http://www.youtube.com/watch?v=MuZs59l2jyw

Gracias por tu apoyo a las sagas gusanas. Eres el único lector que se ha tragado las dos como un campeón. Mi blog me parezce el lugar apropiado para que nazcan y mueran, porque como dice Calle 13 "si yo quisiera vender algo, me montaría una tienda".

Mr. Lombreeze dijo...

Bueno, creo que Doc también se leyó ambas, o bastantes capítulos de ambas. Seamos justos.

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