domingo, 17 de octubre de 2010

Las Aventuras de Gottfried Rinkley. Capítulo XI.

Capítulo XI. El desfloramiento de Gottfried Rinkely (2 de 2).

Gottfried abrió el cajón de su cómoda estilo Luis XVI de la alcoba principal de su Palacio de Verano de la costa de Leeminirkandë. Tomó un cepillo para el pelo que le había regalado el Rey de Inglaterra. El cepillo estaba fabricado con cerdas de crin de caballo estepario y adornado con un mango de marfil y hermosas madreperlas de coral. Gottfried tomolo y comenzó a peinar su larga cabellera rubia. De repente alguién tocó en su puerta y cuando la abrió quedó perplejo al ver al difunto gorrino Ludovico, ataviado con un traje de gala de granadero del regimiento holandés de la guardia napoleónica, que muy cortesmente le dijo: ¿A qué hora sirvo el té sire?.

Sire, sire!, cómo se encuentra sire.., ¿me oye?...

Y al despertar y abrir sus ojos, Gottfried creyó ver un ángel del Paraíso.

- No soy un ángel del Paraíso. Soy la enfermera Giovanna. Has sufrido un fuerte golpe y no puedes evitar decir en voz alta todo lo que estás pensando. Tranquilo pasará en unos días.
- ¿Qué es todo esto que llevó en el pecho?, -dijo Gottfried.
- No sé lo que estás pensando porque tampoco puedes evitar oír solamente en tus pensamientos lo que, en realidad, quieres decir en voz alta. Pero me imagino que te estás preguntando qué es lo que tienes en el pecho. Son sanguijuelas, muy efectivas para los traumatismos de la testa.
"Copón bendito", pensó Gottfried.
- Por favor, modera tu lenguaje, -dijo Giovanna-, el doctor Malaparte es un hombre muy religioso y no tolera blasfemias.
- Lo siento, -dijo Gottfried.
- Supongo que lo sientes aunque no puedo oir tus pensamientos que son, en realidad lo que tú crees estar diciendo en voz alta, como ya te he dicho antes.
"Esto empieza a resultar un incordio", pensó Gottfried.
- No te preocupes, pronto te acostumbrarás, -dijo Giovanna mientras se agachaba a recoger algunas sanguijuelas que habían escapado de su jaula, momento en el que Gottfried pudo ver una buena porción de sus dos turgentes y voluminosos senos.
"Rediós", -pensó Gottfried.
- ¿Pero qué le he dicho sobre las blasfemias?
Gottfried intentó calmarse e hizo un esfuerzo por pensar y disculparse ante Giovanna de manera que ella pudiera oírle.
- Le pido disculpas señorita; vaya par de domingas que tiene esta chavala, -dijo Gottfried pensando en voz alta.
- ¿Cómo dice usted?, -respondió Giovanna-, ¿qué dice de mis domingas?.
- Nada, nada, -dijo presurosamente el nervioso y excitado Gottfried.
Obviamente Giovanna no escuchó su palabras tranformadas por la conmoción en sus pensamientos, e interpretó el silencio de Gottfried como una actitud desafiante.
-¿Está usted intentando cortejarme?, -replicó Giovanna con falso aire indignado.
- No, no, válgame Dios, -dijo Gottfried quien no podía coordinar su mente y su boca.
Giovanna seguía viendo a Gottfried callado y le preguntó: ¿Quiere usted yacer conmigo joven?.
Gottfried estaba tan confuso que no supo que decir y pensó: "Bien a gusto me amancebaría con esta hembra, vive Dios, mas no es, desde luego, nada cortés este pensamiento".
- Lo cortés no quita lo valiente, -sentenció Giovanna citando a Plauto, el filósofo clásico.
Y allí mismo fue desvirgado el joven Gottfried.

Cinco minutos después, Gottfried se dio cuenta de que no tenía suficiente dinero para pagar los honorarios del afamado doctor Malaparte. Y pensó "no ha estado mal mi amancebamiento con Giovanna, una gran mujer. Pero, ¿cómo voy a pagar los servicios del doctor?".
- Muchas gracias, -respondió Giovanna-, no te preocupes por los honorarios del doctor Malaparte. Los gastos corren por cuenta de Madame de Laverriere (1)

Gottfried pensó, ya mucho más calmado y comenzando a controlar parcialmente su desvarío mental: "Muchas gracias enfermera Giovanna. Me estoy meando. Ha sido usted muy amable en todos los sentidos. Nunca olvidaré esos dos pechos. Tengo que irme ahora. No soporto más estas putas sanguijuelas. Adiós señorita. Me duele el occipital".
Giovanna rió ante las palabras de Gottfried y respondió:
- No tan rápido sire. Madame ha pagado los honorarios del doctor, pero no los míos. Me debe ud. 500 guineas.
"¡Será... !", pensó Gottried.
- ¿Zorra?. Pues sí, -respondió Giovanna.

(1) Nota del autor: Este pago de Madame de Laverrier es unánimemente considerado por los historiadores como la primera indemnización por daños y perjuicios de la Historia Moderna.

6 comentarios:

David dijo...

Esas licencias que se toma el traductor... ¿Domingas?
Por lo demás ha estado bien. Ay! El pobre Gottfried. Empieza a recordarme a Cándido.
Saludito.

Dr. Quatermass dijo...

Eso eso, más guarreridas es lo que le falta a este bloj..

MonSeñor Gusano dijo...

Y del engaño sufrido por Gottfried? Más no le advierte del putismo Giovanna en ningún momento. Así no vale. O se pacta antes o nada.
Esta criatura es muy tonta.

Mr. Lombreeze dijo...

En Domingo, domingas.

Gottfried es joven aún, un alma cándida.

lunes dijo...

Je je. Me gusta la frase que comprime todos los preliminares sexuales que recibió Rinkley (ninguno)"Lo cortés no....",y que yo creía Gongoriana. Pero lo que me apasiona es el párrafo de excusa-agradecimiento que, siguiendo la costumbre masculina de desaparecer lo antes posible una vez consumado el polvo eventual, piensa Rinkley. Si tengo oportunidad real de dicha eventualidad le fusilaré a Gotfried lo de mearme, los dos pechos, las sanguijuelas y el occipital. Eso sí, no suelto ni una guinea.

Insanus dijo...

"Bien a gusto me amancebaría con esta hembra, vive Dios". Y yo me quedo con esta frase, que me hizo reír.

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