sábado, 28 de noviembre de 2009

El Salitre de las botas de Pockollock. Capítulo XXIII.

Capítulo XXIII. Muerte entre las flores (de las nieves).

Los ojos del Sargento Trevor Malmus, Malmustus el mulato y el alcalde Lopinski contemplaron asombrados la terrible y dolorosa agonía que terminó por consumir entre insufribles estertores y picores los esculturales cuerpos de los cuatro "lemures" invertidos quienes, convencidos de su inmunidad al mal de la nieve de las flores, se habían lanzado desnudos a corretear por los prados persiguiendo a las gráciles gacelas negras.
Las carnívoras gacelas dieron buena cuenta de los tersos cuerpos de los homosexuales que devoraron con afán.

Raro ejemplar de gacela negra albina.

- Así pues resulta que Pockollock era un invertido después de todo. De ahí su gusto por la sodomía. -exclamó el sargento Malmus-.
- ¿Quiere ud. decir que las flores solamente afectan a los homosexuales?, -preguntó preocupado el alcalde-.
- Eso parece amigo mío, eso parece. Todo eso de su viriliada era un mito que nadie se atrevió jamás a cuestionar. Quién se iba a imaginar que Pockollock...

Lopinski palideció y excusándose en que su estómago no había digerido bien la terrible muerte de los jóvenes soldados se despidió de padre e hijo y salió presuroso de vuelta al campamento en busca de Zelinsky para comunicarle el nuevo descubrimiento.

- Bueno amigo Malmustus, parece ser que no harán falta más experimentos para encontrar una cura a este mal. Con ser un hombre como dios manda el asunto no ofrece mayor problema. Quedémonos a contemplar unos instantes este maravilloso paraje antes de regresar también nosotros al campamento. Nuestras tropas, a excepción del batallón de invertidos, pueden atravesar tranquilamente esta zona.
Y añadió: "Pockollock mariposón...".

Malmustus echó mano de su azada "Marietta". Allí, en medio de un paraje deshabitado, se le presentaba la ocasión perfecta para consumar su venganza y dar muerte al asesino de su madre.
"Oremos", susurró Trevor Malmus mientras se arrodillaba de espaldas al mulato.

- ¿Cómo dice ud?, -respondió Malmus sacando la azada del cinto.
- Amigo Malmustus, oremos. Terribles sucesos acontecieron en estas tierras la última vez que las visité por culpa de los delirios del General Jacques Rivierre Pockollock.

Y el sargento le contó la historia que Malmustus ya conocía. Pero esta vez la versión era muy diferente:

“Conocí a una mujer, una joven lugareña, -prosiguió Malmus-, se llamaba Bímbimi. Era hermosa, muy hermosa. Mi corazón la amaba intensamente. Hubiera dado mi vida por ella. Pero el destino quiso lo contrario y tuve que tomar yo la suya. Cuando se nos ordenó acabar con la población aborigen, el dolor se apoderó de mi alma. Mas soy soldado Malmustus, y un soldado no cuestiona órdenes, las ejecuta. Raudo corrí a la cabaña de Bímbimi para darle muerte yo mismo antes de que otro cometiera sobre su cuerpo cualquier otra infamia antes de ejecutarla. Allí la encontré junto a su pequeño hijo, un niño feo mezcla de mono y bicho repugnante que era el fruto de la semilla de un misionero jesuita que había visitado la zona un año antes. Tras rebanarle el cuello a Bímbimi con el fin de proporcionarle una muerte rápida y dulce, salí presuroso de su cabaña llevándome solamente un recuerdo que me ha acompañado durante todos estos años.”

Trevor Malmus sacó de su pecho un mechón de cabello que acarició con dulzura y comenzó a llorar amargamente.Malmustus no podía dar crédito a lo que acaba de escuchar y lo que ahora presenciaban sus ojos. Así pues, aquel soldado había amado a su madre y en la medida de lo posible le había evitado una humillante y dolorosa muerte.
El sargento Trevor Malmus prosiguió:

"El dolor por la muerte de Bímbimi me hizo huir del lugar olvidándome de su pequeño hijito. No puedo perdonármelo. ¿Qué habrá sido de ese muchacho?. Daría mi vida por saberlo y, en la medida de lo posible, ayudarle en la vida y contarle que su madre fue una de las más hermosas y dulces mujeres que jamás pisaron este país...".

Malmustus arrojó a "Marietta", su azada, lejos de sí. Con lágrimas en los ojos se arrodilló también él frente a Malmus y le dijo: "Sargento, ¡Padre!, ¡yo soy ese niño!"

Trevor Malmus se incorporó. A sus pies, con los brazos en alto, se hallaba el compungido mulato que le miraba con ojos esperanzados.

- Sí, ya me lo estaba imaginando… -murmuró.

Ésas fueron las últimas palabras que Malmustus oyó de boca de su padre antes de la ensordecedora detonación que impulsó la bala del calibre 16 que le reventó la cabeza.
Lo que nunca pudo llegar a escuchar fue lo que a continuación murmuró el Sargento Malmus: "Maldito bastardo. No entiendo cómo pude engendrar un hijo tan feo y tan tonto...".

La familia legítima de Trevor Malmus.

Trevor Malmus se secó las lágrimas que le habían saltado al arrancarse un mechón del pelo de su pecho, recogió a "Marietta" y se dirigió al poblado de las minas de lignito silbando una marcha militar, "Les amis du mort", mientras las carroñeras gacelas negras devoraban el cuerpo del desgraciado Malmustus, el mulato.

Próxima semana: Capítulo XXIV. Fin de la expedición de Randall W. Griffith.

3 comentarios:

Dr. Quatermass dijo...

Joer, esto cada vez está más sórdido, está pasando de novela histórica a culebrón ;-)

Mr. Lombreeze dijo...

Correcto. A ver cómo acaba...

Insanus dijo...

¡Qué terrible revelación,jajjajj!

Y el pobre niño mono, qué trágico. Claro que es coherente. En esa época se podía ser mulato y bastardo, pero feo y tonto era intolerable XDD.

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