sábado, 29 de agosto de 2009

El salitre de las botas de Pockollock. Capítulo X.

Capítulo X. La historia de Randall W. Griffith (1a. parte).

Randall W. Griffith nació como Randall Woodpeckerwood Alcestes Griftensen. Hijo de inmigrantes cameruneses, -que habían huído de su país a causa de la hambruna que en la zona provocó durante varios decenios las consecuencias la matanza de Makowli de 1825-, quedó a los 3 años huérfano de padre y madre cuando ambos murieron trágicamente aplastados por 1.000 elefantes rojos abisinios movilizados por un importante empresario húngaro de grandes mamas y que, camino del Tirol, aplastaron, según algunas fuentes poco contrastadas, a entre 7.000 y 25.000 personas. Al joven Griftensen,- que mudó el apellido por el de Griffith en honor a uno de los 600 cameruneses que murieron aplastados junto a sus padres y cuyos huesos, al crujir, produjeron un sonido que al pequeño Randall le sonó como "Krrrrrrriiiiiiffffff kriiiiiz"-, no le quedó otro remedio que enrolarse con 4 años a bordo del buque mercante "Lulenbroj" en el que desempeñó el cargo de Adjunto de Barbotante, hasta que los marineros amotinados, le dejaron junto al capitán y tres oficiales más, en un pequeño bote, a la deriva en medio del Oceano Índico.

Randal W. Griffith.

El pequeño Randall era un niño de hermosa tez pero flaco cuerpo, por lo que los tres oficiales decidieron comerse primero al orondo capitán y dejar para más adelante el descuartizamiento del joven. El capitán Phillianson no opuso mayor resistencia antes de ser devorado y solamente pronunció la frase "Señores, ha sido un placer servir con..." antes de que el primer bocado del oficial más hambriento le destrozara la garganta.

Durante 50 jornadas vagaron a la deriva los 4 desafortunados marineros. Cuando la esperanza se esfumaba y la suerte del muchacho parecía estar echada, llegaron al famoso "desfiladero de Pockollock" que cruza el Indico desde los gloriosos días de la marcha del general luso. Fueron rescatados por una caravana de beduinos que, tras merendarse a los tres oficiales y después de 3 semanas de viaje, entregaron a Randall al horfanato de las Hermanas Advocadoras del Santisimo Sepulcro del Alto Monte. El jefe de la caravana, antes de despedirse del muchacho, le confió, a modo de regalo de despedida, un secreto que su pueblo guardaba celosamente desde hacía siglos y que en aquel entonces, se le antojó al pequeño Randall inútil y absurdo. El tiempo se encargaría de demostrarle cuan equivocado estaba.

Desfiladero de Pockollock.

Las Hermanas Advocadoras recibieron con cariño al pequeño y desnutrido Randall al que inmediatamente despojaron de sus harapos y enviaron, desnudo, a limpiar las letrinas. Así pasó Randall 5 años más, -desnudo y limpiando letrinas-, hasta que la suerte volvió a sonreírle en forma de cásting para un coro infantil silente que, según decían, formaría parte de uno de los más grandes espectáculos musicales jamás visto dentro de las fronteras del Imperio.

La belleza del niño y su propensión natural al silencio, (hace solamente 10 años se encontró el diario de la Hermana Superiora Cósima de Aquitania quien detallaba las 6 palabras que el joven Randall había pronunciado en 5 años de internado: "congénito", "superlativo", "colateral", "verbigracia", "índole" y "fotovoltaico"), consiguieron que, unánimemente fuera elegido no sólo para formar parte del coro de infantes, sino incluso que se convirtiera en su representante sindical, lo que le daba derecho a llevar ropa.

El joven Randall asistió mudo de emoción a los magníficos ensayos del primer "Il mio poleo" y se aplicó diligentemente en aprender su papel con una profesionalidad que muchos de los cantantes de los coros adultos pronto calificaron de "absurda e inútil". Aquel esperanzador panorama pronto se vería enturbiado por un giro inesperado del destino: Randall fue despojado, repentina y sorprendentemente tras una dura jornada de 12 horas de ensayos, de sus ropajes. Y fue asimismo encadenado, junto a sus 112 compañeros, a los bancos de un transporte de prisioneros camino del Obispado.

En ese momento Randall W. Griffith comenzó a cuestionarse si en relidad era tan afortunado como él se creía y rompió su casi ya mítico silencio para maldecir en voz alta uno de los latinajos más usados todavía en nuestros días: "Ego cogito Krucenkivus matris partum". ("Me cago en la madre que parió a Krucenku").

Próxima entrega: Capítulo XI. La historia de Randall W. Griffith (2a. parte).

6 comentarios:

MonSeñor Gusano dijo...

tócate los cojones, este tío me ha encantado. Dura infancia. Parecida a la nuestra Mr. Lombreeze. Es que me he visto con 5 años limpiando letrinas...jajajajajajaja.

Insanus dijo...

Bravo! Y qué templanza el oficial devorado en vida! jajjaja.

Mr. Lombreeze dijo...

No perdáis de vista el secreto de los beduínos. 20 capitulos más adelante sabremos de qué se trata...

Dr. Quatermass dijo...

Jodes 20 capitulos para revelar el secreto de los beduinos, mecagüen la leche, esto va más despacio que "Lost"!

Mr. Lombreeze dijo...

Doctor, por Dios, que el disfrute de la cosa está en la excelsa narrativa...
Je, je...
En mi novela pasan más cosas que en Lost....

Mr. Lombreeze dijo...

Insanus, el capitán Phillianson fue un hombre de los que ya no quedan...

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