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domingo, 17 de enero de 2010

El salitre de las botas de Pockollock. Capítulo XXX.

Capítulo XXX. La muerte de Randall Woodpeckerwood Alcestes Griftensen, aka. Randall W. Griffith.

"La puta madre que parió a los Hermanos Orbea...".

- ¡¡¡Randall!, ¿me oye?, ¡¡¡Griffith!!!, vamos, dígame algo, - gritaba conmovido Konstantin Konsultas.
- ¿Konsultas?.., sí, quiero decir algo...
- Le escucho Randall...

"Margueritte, mi amor, mi vida, mi todo. Es en estos momentos en los que la Muerte llama a mi puerta y está próximo ya el Juicio del Altísimo cuando finalmente veo la luz. Cuán equivocado he estado durante todo este tiempo y qué tristes consecuencias han tenido sobre otros mi falta de juicio. Desde que el cruel destino te arrebató de mis brazos, mi único pensamiento fue vengar tu muerte. Qué ingenuo fui al creer que el amargo elixir de la venganza calmaría la sed de dolor que tu ausencia causaba en mi alma. Qué presuntuosa vanidad invadió mi espíritu convencido de hallar satisfacción en la muerte de mis semejantes. ¿Qué pretendí?. ¿Llenar tu vacío?, ¿Calmar mi pena?, inalcanzable. ¿Combatir al Destino?, imposible. Durante un tiempo, arrogante le planté cara a tan fiero rival. Él fue más inteligente. Se mostró indulgente al hacerme creer que tenía alguna posibilidad de ganarle la partida. Mas, ¿cuándo han ido Amor y Muerte de la mano?. Nunca. La Muerte siempre es Dolor. El Amor solamente abraza al Amor y ha tenido que ser el Destino el que me mostrara la verdad con su artificiosa broma macabra. "Randall", me ha dicho, "¿crees que llegarás a Margueritte con un arma en la mano?". Se ha reído con tono burlón. ¡No, no, no!… Trevor, Malmustus, Zelinsky, ¡amigos míos!, ¿dónde estáis?, ¿acaso habéis podido contemplar ya la belleza de Margueritte?. Si es así, ¿comprendéis mi dolor?, ¿seréis capaces de perdonarme?. ¿Cómo fui tan ciego?. Imploro vuestro perdón. Imploro el perdón de todos los que han sufrido por mi culpa. Pero he aquí mi alegato de defensa: Toda mi vida pasó ante mis ojos llena de sufrimiento, dolor e injusticia. La rabia me cegó. Hasta que tú llegaste, adorada Margueritte, y el candor de tus labios diluyó el amargo sabor del encono que parecía haberse aposentado para siempre en mi ser. Cuando tú te fuiste volvió la vieja y fea anciana furibunda acompañada de su bastarda hija venganza a reclamar lo que creía suyo por derecho. No fui fuerte y no luché contra ella. Me dejé llevar arrastrado por el caudal del traicionero río de la ira. Las Furias cantaban alto y fuerte y no me permitieron escuchar tu voz. Tu voz. La misma voz que me consoló noche tras noche y que me cantaba canciones de amor cada mañana al darme los buenos días. La misma voz que un día se extinguió privando al mundo de tu angelical presencia. Pero, ¿acaso no era esto lo justo?, ¿no te pertenecía por derecho propio estar en tu sitio?, ¿y no es tu lugar el lugar de los ángeles?. Egoístamente quise retenerte. Margueritte, amor mío, vuelvo junto a ti. Siempre junto a ti."

Y la vida se le escapaba palabra tras palabra.
Sobre su único ojo sintió Randall el repiqueteo de las lágrimas de Konsultas. Profundamente emocionado, el Primer Ministro le respondió:

- Randall, ve en paz. Os imploro vuestro perdón seguro de que vuestros pecados serán sin duda también perdonados. Caigan sobre mí las penitencias necesarias para que alcances la Gloria Eterna. Ahora sé, gracias a vos, lo que tengo que hacer. Es hora ya de abandonar esta absurda empresa que me ha tenido cegado tanto tiempo. Amigo Vinelli, juntos cantaremos en el Cielo "Il mio poleo". Tu música no es de este mundo. Sí, yo también he sido cegado, no por el amor, sino por la ambición de ver mi nombre grabado con letras de oro en las páginas de la Historia. Pero está escrito que ese libro de la Historia me ha de recordar con las manos manchadas de sangre, de tu sangre y de la de tantos otros, y no por las notas celestiales de la maravillosa inspiración de Vinelli. Hora es ya de cumplir con el encargo de la Reina: limpiar de salitre las botas de Pockollock.

- ¿Salitre en las botas?, - dijo Griffith mientras un último aliento de vida pareció iluminar de nuevo su rostro.
- Sí, amigo mío. Manchas de salitre en las botas...
- Primer Ministro Konsultas, -interrumpió Griffith-, YO SÉ LIMPIAR EL SALITRE DE LAS BOTAS DE POCKOLLOCK.
Próxima semana: Último capítulo de "El salitre de las Botas de Pockollock".

3 comentarios:

lunes dijo...

Esta serie es gloriosa. Al leer ésto la primera vez se me iba haciendo largo el monólogo bien-mal, dolor-amor de Griffith; y (acostumbrado ya al onanismo simbológico del relato) me esperaba alguna frase final tipo "y al recordar su voz comenzó a frotarse la entrepierna mientras parecía abandonar este mundo".
En cuanto acabe usted, deberá comenzar otra serie para los que nos quedemos con mono....

Mr. Lombreeze dijo...

Gracias lunes, como puedes comprobar salto de la comedia al melodrama como una rana borracha.

Tengo varios capítulos de "Las aventuras de Gottfried Rinkley", pero dado el poco éxito que está teniendo la novela épica gusana, estoy pensando si tomará el relevo a Pockollock o no.

Insanus dijo...

jajjajj, que se llevan Il mio poleo al Cielo, ¡que van a convertir el edén en un infierno musical!

Adelante con la próxima, mr. Y no te guíes por la cantidad de comentarios recibidos, que eso no es indicativo de nada, como todos sabemos. Como libro electrónico y en papel, para lugares como Lulú y Bubok, "El Salitre..." es más que digno, amigo. Créeme, que he leido cada basura en esos portales que no veas.

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